lunes, 8 de abril de 2013

Capítulo I: El paradigma de la duda y la espera.


¿Cómo surge la duda?

De Parménides a Platón y de éste, con mayor fuerza, a Descartes. De todos ellos heredo una idea tan simple como poderosa, el desprecio por los sentidos.

Del "Mito de la Caberna" platónico al "genio maligno" cartesiano. La duda está sembrada, imposible de olvidar, imposible de solventar.

¿Es este mundo real? Platón ya defendía la existencia de dos mundos: el mundo sensible, el que conocemos, el que vemos, tocamos, olemos y oímos día a día, así como el mundo de las ideas, el mundo inteligible, el auténtico, por así decirlo, pues no somos si no las sombras proyectadas de dicho mundo. De la misma manera el ser humano puede dividirse también en dos: el cuerpo, atributo humano del mundo sensible, y el alma, esencia del ser humano, inmutable, inmortal, perteneciente al mundo de las ideas, atrapada en el cuerpo durante un corto periodo, que es la vida. Tras la muerte el alma vuelve al mundo de las ideas para volver, más tarde, a otro cuerpo. Por esto, para Platón conocer es recordar, pues el alma recuerda las ideas, cuando se reencarna en cuerpo, porque ha convivido con ellas en el "mundo de las ideas".

Esto me lleva a preguntarme los siguiente: ¿qué son los sueños? Tal vez no sean si no recuerdos que nos invaden cuando la mente no está embotada de información proveniente de nuestros sentidos. Recuerdos latentes aferrados a un alma conocedora de las autenticas ideas. 

Inevitablemente esto nos hace desembocar en la duda cartesiana: Los sentidos nos engañan, si introducimos un bastón en un estanque lo vemos quebrado. Nos es imposible diferenciar sueño de realidad, no podemos saber cuando estamos despiertos o dormidos y por ultimo puede existir un ente, un "genio maligno" que nos engañe, no pudiendo conceder certeza absoluta ni tan si quiera a las verdades más simples.

¿Y qué nos queda detrás de tanta duda imposible? 

La respuesta es tan simple como sombría: Esperar. Una interminable y desesperante espera, pues por mucho que uno se quiebre la cabeza, como yo mismo hice, hago y seguiré haciendo, no encontrará otra respuesta que la locura o la sumisión. ¿Cuánto durará? Nadie puede decírtelo, nadie puede averiguarlo. El final es incierto. Para tantos una sorpresa, para otros una desgracia, incluso un alivio para algunos. Habrá quien llevado a la locura intente provocarlo aún a sabiendas de que posiblemente, la famosa duda no tenga fundamento. 

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